sexta-feira, 14 de setembro de 2012

El Cuerpo

En la segunda mitad del siglo XX, cuándo los juegos de azar fueron prohibidos en el Brasil y los casinos cerrados, las casas clandestinas florecieron. Esas casas solían ser frecuentadas por personas importantes de la ciudad, adictos del juego que ni la ilegalidad sanó el vicio. Muchas familias quedaran destruidas y en la miseria a causa de las pérdidas en las mesas de juego.

En fines de los 60, la desgracia llegó a una de las familias mas respectadas de San Jose de los Pinos. El menor de cinco hermanos, ya padre de tres hijos pequeños, perdió su parte en la empresa de la familia, su casa y una gran suma de dinero. Avergonzado y desesperado, el hombre pidió a sus acreedores el plazo de una semana para pagar su deuda. Dijo a su familia que iba a pescar en su rancho y quedaría allí unos días.

Una semana se pasó sin que él volviese a casa. Preocupada y sin dinero para la comida, su esposa buscó al hermano mayor de él. Juntos, fueron hacia el rancho y lo encontraron ahorcado en el garaje. Resueltos los trámites con la policía, quedaba un problema: ¿qué hacer con el cuerpo? Al cementerio no podrían llevarlo, pues el infeliz se matara y, así, perdiera el derecho a las bendiciones de la iglesia.

Fue de uno de los hermanos del fallecido la idea que les pareció la mejor. Todo sería muy sencillo de hacer y saldrían sin los chismes de la gente. Pusieron el cadáver en una manta de lana y lo enterraron en la propriedad, cerca de la estrada. En el local pusieron una cruz. De esa forma, la cruz parecía señalar el local en que alguien perdiera la vida en un accidente en aquella estrecha estrada de tierra.

Y así fue. La familia regresó a la ciudad sin decir nada sobre el desaparecimiento. La viuda se vistió de negro, pero no habló a nadie de su marido. La gente pensó que lo hacía por los niños, y como en la estrada que pasaba frente al rancho de ellos había mucho movimiento, la historia de la cruz en la curva se extendió a todas las charlas de bar y luego llegó a las cocinas. Unos decían que él se había estrujado contra el barranco con el coche porque conducía borracho, otros decían que lo fuera así porque estaba muy nervioso tras una discusión familiar. Lo cierto es que la verdad nunca llegó a ser dicha y que nadie preguntó a la familia el motivo de que no hubieron hecho un funeral decente. El tiempo pasó y lo olvidaron. Siempre había novedades.

En la noche vieja empezaron los problemas.

Un morador de la localidad Cotia volvía a su casa después de haber cenado en casa de su novia. Ya era casi medianoche y él seguía caminando sólo por la estrada iluminada por el claro de la luna. Al llegar en la curva de la cruz vio un hombre colgado del árbol, quedó paralizado en el medio de la estrada. Entonces, ocurrió lo más asombroso: del cuerpo que balanceaba en el aire se pusieron a caer los miembros, primero las piernas, enseguida los brazos. El hombre no quedó allí para ver lo que mas caería. Volvió corriendo por lo mismo camino que había venido, parando solo al llegar a la casa de su novia.

La noticia se extendió por los alrededores, y nadie mas pasaba en aquel sitio desde el anochecer hacia el amanecer. La viuda necesitaba vender el rancho para obtener dinero, pero, ¿quién lo compraría? Todos conocían la historia del "cuerpo del árbol" y nadie compraría un rancho mal-asombrado.

Dos años se pasaron y habían mucho más relatos sobre "El cuerpo". Hubo quién ha dicho que las piernas salieron corriendo detrás de si y los que casi fueron estrangulados cuándo los brazos cayeron en sus hombros. Aunque casi todos conocían "El cuerpo", siempre surgía un desavisado para caer en sus trucos.

Noche de luna llena. Un caballero solitario venía por la estrada iluminada, al llegar en la curva un ruido sordo, como se algo hubiera caído entre las hojas secas, llamó su atención. Paró su montura y estrechó los ojos hacia el árbol. En ese momento, se le cayó al cuerpo la pierna derecha, juntándose a la izquierda en el suelo. El desconocido caballero miró la cara del cadáver.

-Amigo, las cosas levan muy mal -dijo el caballero.

-Sí -repuso el muerto, mientras le caía el brazo izquierdo.

-¿Cómo te quedaste en ese lío? -preguntó el hombre.

-Suicidio.

El hombre soltó una carcajada que hizo su caballo agitarse.

-Amigo, hay muchos suicidas y ni por eso están en semejante lío. Hay algo más.

-No, no hay -dijo el muerto con resignación-. Sin las bendiciones, no hay descanso.

El desconocido bajó de su caballo y siguió hasta la cerca de alambre. Miró la car del muerto y de un tirón arrancó la cruz del suelo. Hizo que la madera crujiera bajo sus manos fuertes y la partió en dos, echando los pedazos a un canto, lejos del que estaba antes.

-Quizá fuera ese su problema -dijo el desconocido y se fue sin mirar atrás.

"El cuerpo" nunca más fue visto por nadie, aunque pocos se aventuraron por las noches en aquella estrada. Cinco años después la viuda consiguió vender el rancho a un forastero. Apenas él se estableció en la casa y sus vecinos vinieron a contarle lo del cuerpo cuyos miembros caían. El hombre rió de ellos.

-Los que me dan miedo son los vivos, no los muertos.

Esa misma noche, el nuevo dono del rancho fue hacia el árbol y, bajos capas de hojas secas encontró los pedazos de la cruz que destrozara años antes, en la primera vez que allí estuviera.

-Sí, amigo -masculló él-, como supuse, su problema era ese. La cruz lo prendía a sus pecados. Descansa en paz.

Publicado el 30/10/11 en Cristina Pereyra participando del Halloblogween 2011

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