sábado, 15 de setembro de 2012

Luna de Verano


Las pequeñas gotas de agua que se deslizaban sobre el pecho desnudo brillaban bajo la luna. Por encima del hombro, él lanzó una mirada hacia las Cataratas. Sus ojos abarcaron todo. Naipi y Tarobá. La piedra y la palma, testigos mudos de su único error, de su desgracia. Respiró hondo y miró hacia el cielo de un azul muy intenso que hacía sobresalir la belleza de la primera luna llena del verano. Las siete noches del año en las cuales era libre, que podía salir de la cueva oscura y húmeda para recorrer los bosques que amaba.

Lydia tenía los ojos fijos en el claro del bosque.  Esa noche, no necesitaba nada para alejar el sueño, su propia excitación la mantendría despierta durante todas las horas que fuesen necesarias. Las huellas habían aparecido en las últimas tres noches, era la primera vez que aparecían por varios días. Era su oportunidad de ver y registrar la presencia de la criatura de la cual se hablaba, pero que nadie había logrado demostrar la existencia. Ella sintió los pelos de punta. Una criatura estaba a su espalda y la vigilaba. La sangre se heló en sus venas. Ella estaba sola a merced de todo lo que ocurriese allí. Había estudiado en detalle las huellas, la dirección era siempre la misma y, por lo tanto, se había puesto fuera de la ruta. Al parecer, esa noche la criatura había cambiado la ruta.

Despacio, Lydia volvió la cabeza. Quería ver a la criatura con sus propios ojos antes de convertirse en su víctima. Sería una satisfacción personal, pues se quedaba segura de que no iba a sobrevivir para contar su descubrimiento. Los ojos, ya adaptados a la oscuridad, distinguieron fácilmente la figura detrás de ella. Un hombre. No era uno de sus compañeros, sino que un extraño. Cuando sus ojos se encontraron, una descarga eléctrica recorrió su cuerpo.

Mientras la mantenía cautiva de su mirada, él se acercó. Caminaba con decisión, pero no producía ningún ruido. Lydia fue sorprendida por esto, ¿cómo un hombre de ese tamaño podía caminar por el bosque sin hacer ruido? Observó sus pies descalzos y alzó la mirada, recorriéndole el cuerpo con los ojos. Estaba desnudo, excepto por un pequeño trozo de cuero que apenas le "tapaba las vergüenzas", como decían los colonizadores.

Eregoy paró en seco delante de la mujer y le preguntó, casi en un susurro:

–¿Qué estás haciendo?

El tono era agresivo, el hombre había hablado como si la estuviera acusando de un delito, pero la sensualidad de su voz le provocó un escalofrío de excitación. Una sonrisa apareció en sus labios.

–Tal vez lo mismo que tú –dijo Lydia.

–Estoy seguro de que no –repuso él, enojado por la invasión. –¿Estás de caza?

La mujer no llevaba un arma, pero él conocía muy bien el hombre blanco con sus mentiras y engaños.

Lydia estaba intrigada con el extraño. Parecía un indio salido de los libros de historia. Sí, había rastros de la raza en su rostro, pero los indios hoy no salían caminando por el bosque casi desnudos. Bueno, tal vez él estuviese en medio de una ceremonia tradicional, cosa que podría explicar toda esta rabia y antipatía gratuita.

–No, estoy mirando. Soy biólogo y he venido a estudiar los animales, no a matarlos.

Eregoy sonrió ante la respuesta firme y directa de la mujer. Ella respondió en la misma medida que él la atacara con su pregunta. Comenzó a simpatizar con ella. Por su actitud y su trabajo. Sabía muy bien lo que es un biólogo y el trabajo que hacen en los bosques.

–¿Por qué en medio de la noche?

–Porque estoy buscando una criatura nocturna. Nunca la encontraría durante el día.

–¿Qué clase de criatura?

– Un yaguareté negro. Hace algún tiempo que hay el rumor de que uno ha sido visto aquí, pero nadie lo ha demostrado. Ahora, recientemente, han aparecido huellas en ese tramo del bosque. Se trata de un yaguareté, queda por ver de qué tipo es.

Se miraron en silencio por un rato. Lydia se preguntaba por qué había dado tantas explicaciones al desconocido, no solía hablar mucho de su trabajo, incluso con sus colegas. Era muy reservada y sólo hablaba de lo estrictamente necesario. Ahora, en pocos minutos, puso de manifiesto toda la base de la investigación que la retenía allí desde hace tres meses. Y a un extraño. Era un indio, de eso estaba segura tras la observación directa que hizo.

Aunque perdía gran parte de su poder divino cuando tomaba la forma humana, Eregoy lograba distinguir entre el bien y el mal con precisión. Esta mujer pertenecía al bien, estaba seguro. Y había algo más en ella, que no podía definir qué era, pero era algo bueno. Además, por supuesto, de ser muy hermosa. Su cuerpo reaccionó a esta observación. Normal, su condición divina le mantenía joven a lo largo de los siglos, y un hombre joven desea a una mujer hermosa.

Lydia sintió una punzada de miedo al advertir la lujuria en los ojos del desconocido. Se quedaba vulnerable y él podría ser incluso más peligroso que el yaguareté que había estado esperando. Sin embargo, tenía que reconocer que sentía lo mismo. Tal vez fuese la exhibición del cuerpo viril, o simplemente una cuestión de química entre ellos, pero lo cierto era que nunca había sentido tal atracción sexual por un hombre como lo sentía por ese desconocido.

–Mi nombre es Lydia –dijo, tratando de romper el contacto intenso de sus miradas.

–Un bonito nombre.

–¿Cuál es el tuyo? ¿Cómo te llamas?

–Eregoy –dijo secamente. No era una mentira, era el nombre que utilizaba desde tiempos inmemoriales al tomar la forma humana.

–Tú eres indio –dijo ella, buscando en la memoria porque ese nombre le resultaba familiar. Había sonado como si ya lo hubiese escuchado antes, pero no era así. Nunca había oído ese nombre, y luego trató de relacionar su sonido con alguna de las lenguas indígenas que conocía.

–¿Eso es un crimen en tus tierras? –él volvió a la actitud belicosa del principio.

–De ninguna manera –ella se rió. De veras que no lo era–.  ¿De qué nación?

–¿Eso es importante? –él dio un paso adelante y se quedó muy cerca de ella.

–No, sólo curiosidad –Lydia contestó, alzando la cabeza para mirarlo a los ojos.

Fue un error. Estaban demasiado cerca y esa mirada fue como una brasa colocada sobren las ramas secas. El fuego se prendió.

La boca de labios finos de Eregoy cayó sobre la suya, dura y exigente, en un beso salvaje. Lydia no estaba preparada para la explosión que ocurrió en su interior y gimió contra los labios apretados sobre su boca. Las manos de él se apoyaron en el trasero firme y la presionó contra su cuerpo, haciendo que Lydia sintiese su erección potente contra la carne suave. Algo en el interior de ella se rompió cuando su cuerpo tocó la hierba y fue presionado por el peso del cuerpo masculino. Nunca se había perdido en las aguas del deseo, pero ese hombre la llevara a las profundidades oscuras y desconocidas del placer con su boca húmeda y las manos expertas.

Los primeros rayos de sol de la mañana la encontraron despierta, observando el bosque. Lydia se culpaba de su desliz. Había estropeado su trabajo, algo que no debería ocurrir. Había venido al Parque Iguazu para pesquisar, hacer su trabajo, no a tener una loca aventura con un desconocido. Se había despertado durante la noche, a solas. Esta no ha sido una sorpresa, no podía esperar ninguna galantería de un hombre rudo como aquél. Lo que sorprendió a Lydia fue lo mucho que deseaba volver a encontrarlo, y no sólo para tratar de desentrañar los misterios que lo rodeaban.

Nunca su cueva le había parecido tan fría y húmeda. Enrollado en un rincón, ya de vuelta a su forma de una serpiente, miraba a la cortina de agua delante de la entrada de la cueva. Ahora contestaba con el nombre de M'Boy y no tenía nada de atractivo, era solamente el dios vengativo que no había soportado el rechazo de Naipi. Él dio una risa amarga. Aunque esa historia era repetida desde hace siglos, su ira no fue precisamente por las razones a las que atribuyó. Se revolcara con furia en la tierra por otra razón. Algo que sólo él y su padre lo sabían. Y así fue castigado por no ser capaz de esperar el momento adecuado para conseguir lo que quería.

El sol desaparecía en el horizonte en la forma de una pelota de color naranja brillante. Momento de pasar a la selva. Lydia cogió su mochila y tomó el sendero en el bosque. Por la mañana, regresando al centro de investigación, había informado de sus observaciones a sus compañeros. Omitió el encuentro con Eregoy. Eso era cosa suya y aunque había interferido en su trabajo, no quiso decírselo a nadie. Luego, siguiendo la rutina de los últimos meses, se acostara después del almuerzo  para recuperarse el sueño perdido en la noche anterior.

Él se quedó mirándola desde lejos por un rato. Lydia le fascinaba como sólo una mujer lo había hecho. El recuerdo hizo Eregoy sentir una punzada en el pecho, sacudió la cabeza para alejar los malos pensamientos. Sólo servirían para atraer la energía negativa. Despacio y sin hacer ruido se acercó. Ella estaba en el mismo lugar la noche anterior.

Esa vez, él no la tomó por sorpresa. Lydia sabía que él iba a regresar y había puesto en alerta todos sus sentidos para advertir su llegada. Seguía de espaldas a él, pero acompañó a cada uno de sus movimientos. Él la abrazó por detrás y le besó el cuello, justo debajo de la oreja.

–No quiero distracciones –dijo ella en voz baja–, estoy aquí para trabajar.

–No te he pedido que dejes de trabajar –se burló él.

–Lo digo en serio –Lydia habló con voz firme–. Me pagan muy bien para hacer la investigación, es mi deber que me dedique a ello.

Eregoy no le contestó. Apoyó la barbilla en su hombro y, como ella, se quedó mirando fijamente hacia el claro del bosque. Una idea surgió en su mente. Quería a esa mujer y podía usar sus poderes divinos para tenerla.

–Después de mirar tu yaguareté, ¿tendrás tiempo para mí? –él le preguntó.

–Tal vez.

–¿Quieres solo mirarlo?

–Quiero tomar algunas fotos para demostrar que existe.

–¿Tu palabra no es suficiente? –preguntó él en tono de provocación.
 
Lydia lo miró. Eregoy advirtió un destello de ira en sus ojos.

–Creo que sepas que para los blancos la palabra tiene poco valor. En especial la nuestra.

¿Nuestra? Eregoy se quedó en alerta con la palabra. Examinó su rostro y se dio cuenta de por qué se veía tan hermosa la noche anterior.

–¿Cuál es tu pueblo? –le preguntó él.

–Baniwa.

Él arqueó las cejas. Un pueblo del norte. De la gran selva.

–¿Qué haces tan lejos de casa, Lydia?

–El que ya te he dicho: he venido a causa del yaguareté. Tengo experiencia en tomar fotografías de los animales de la selva.

–¿Y los blancos confían en ti?

–Tal vez sí, Tal vez no –dijo ella, encogiéndose de hombros–, pero no importa. Sólo necesito que me dejen llevar a cabo las investigaciones que pueden salvar a nuestros animales.

Él asintió con la cabeza. La idea había tomado forma y estaba corriendo.

–Toma tu cámara, pronto tu yaguareté estará ahí.

Ella lo miró con una leve vacilación, pero obedeció. Sacó la cámara de su funda y se colocó lista para sacar fotos. En dos minutos, un yaguareté negro apareció. Era un ejemplar adulto y joven. Se ha detenido en el centro del claro, frente a ellos. Caminó hacia un lado y luego al otro. Era como si estuviese se exhibiendo. Con la mano firme, Lydia tomó todas las fotos posibles. El yaguareté se quedó allí por cerca de diez minutos, luego se fue. Sólo entonces la emoción de Lydia la hizo desplomarse. Le temblaban las manos al poner la cámara en su funda y tenía la respiración agitada.

–¿Conseguiste lo que quería?

–Mucho más de lo que podría soñar –respondió ella con voz temblorosa.

–Ahora es mi turno de ser el objeto de tu atención –dijo Eregoy con la voz ronca por la excitación.

Lydia sintió la boca de él tomar sus labios en un beso hambriento. Las manos se deslizaron bajo la camisa, causándole escalofríos y endureciéndole los pezones, apretados contra el pecho de hierro de Eregoy. La forma como ella respondía a sus caricias le incendiaba, iba a necesitar mucha concentración para no satisfacer sus propias necesidades de una manera egoísta, sin dar a Lydia el placer que se merecía. Tan hermosa y dedicada a salvar la vida de los bosques.

Su boca tenía el sabor del agua fresca del manantial y Lydia exploró cada rincón de ella. Cuando las lenguas se enroscaron, como si fuese un duelo para explorar el territorio prohibido, ella se percató. Él tenía la lengua dividida en dos. Bífida. Sí, esa era la expresión derecha, porque estaba más cerca a la lengua de una serpiente que a un corte ceremonial. En ese momento, se percató de que él anticipó la llegada del yaguareté, como si lo hubiera llamado. Lydia sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.

Embriagado con la pasión, Eregoy tardó un rato en percatarse de que Lydia ya no correspondía a sus caricias. Rompió el beso y la miró con seriedad. Ella lo miró con una sombra de miedo en los ojos, y eso le molestó. Él permaneció en silencio, esperando a que ella expresase lo que pensaba o sentía en ese momento.

–No eres humano – Lydia dijo en un susurro después de mirarlo fijamente a la cara. No había sorpresa en su voz o acusación, sólo resignación.

–¿Me hace distinto? –preguntó él con desdén.

–Desde luego, pero no en la forma como estás imaginando –Lydia contestó con una leve sonrisa en sus labios hinchados por los besos intensos que habían intercambiado–. ¿Quién eres tú? Me resulta difícil creer que una entidad divina... me desee –confesó ella.

La inseguridad de ella sobre su propia sensualidad le llenó de ternura.

–Eres hermosa, como mujer y como humana –dijo él, tomándole la mano y besando la palma. Se deslizó la lengua dividida por las líneas, sin ninguna inhibición, haciéndola percibir el muy parecida que era con la de una serpiente–. Soy hijo de Tupá.

–M'Boy –dijo ella suavemente.

–El dios–serpiente –confirmó él–, condenado al exilio por haber sido incapaz de controlar su ira. Encerrado en una cueva húmeda y fría, contemplando por la infinitud del tiempo el resultado de su error.

–¿Qué haces en el bosque? Nunca nadie ha dicho que tomabas la forma humana.

–Creo que cayó en el olvido, ya que he sido condenado a permanecer eternamente en la forma como hice mi delito.

–No tan eternamente –dijo ella, sonriendo.

Él le devolvió la sonrisa.

–En la primera luna llena del verano, puedo tomar la forma humana y salir de la cueva. Sólo por la noche y sólo en esa luna.

–Eso significa que tenemos cinco noches además de esa –Lydia habló en voz baja.

–Ese es el tiempo que tenemos –aseguró él.

–No voy a malgastarlo.


Ella pasó los brazos alrededor de su cuello y la tormenta de la pasión volvió a desatarse.

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Nota: Este relato hace parte de la Antología paranormal de Escribe Romántica, y ha sido inspirado en la Leyenda de las Cataratas del Iguazú, versión de los indígenas Caingang. He tomado algunas libertades de creación para componer los personajes y adaptarlos a mi relato. Para conocer a la leyenda original, visite La leyenda de las cataratas.

sexta-feira, 14 de setembro de 2012

El Cuerpo

En la segunda mitad del siglo XX, cuándo los juegos de azar fueron prohibidos en el Brasil y los casinos cerrados, las casas clandestinas florecieron. Esas casas solían ser frecuentadas por personas importantes de la ciudad, adictos del juego que ni la ilegalidad sanó el vicio. Muchas familias quedaran destruidas y en la miseria a causa de las pérdidas en las mesas de juego.

En fines de los 60, la desgracia llegó a una de las familias mas respectadas de San Jose de los Pinos. El menor de cinco hermanos, ya padre de tres hijos pequeños, perdió su parte en la empresa de la familia, su casa y una gran suma de dinero. Avergonzado y desesperado, el hombre pidió a sus acreedores el plazo de una semana para pagar su deuda. Dijo a su familia que iba a pescar en su rancho y quedaría allí unos días.

Una semana se pasó sin que él volviese a casa. Preocupada y sin dinero para la comida, su esposa buscó al hermano mayor de él. Juntos, fueron hacia el rancho y lo encontraron ahorcado en el garaje. Resueltos los trámites con la policía, quedaba un problema: ¿qué hacer con el cuerpo? Al cementerio no podrían llevarlo, pues el infeliz se matara y, así, perdiera el derecho a las bendiciones de la iglesia.

Fue de uno de los hermanos del fallecido la idea que les pareció la mejor. Todo sería muy sencillo de hacer y saldrían sin los chismes de la gente. Pusieron el cadáver en una manta de lana y lo enterraron en la propriedad, cerca de la estrada. En el local pusieron una cruz. De esa forma, la cruz parecía señalar el local en que alguien perdiera la vida en un accidente en aquella estrecha estrada de tierra.

Y así fue. La familia regresó a la ciudad sin decir nada sobre el desaparecimiento. La viuda se vistió de negro, pero no habló a nadie de su marido. La gente pensó que lo hacía por los niños, y como en la estrada que pasaba frente al rancho de ellos había mucho movimiento, la historia de la cruz en la curva se extendió a todas las charlas de bar y luego llegó a las cocinas. Unos decían que él se había estrujado contra el barranco con el coche porque conducía borracho, otros decían que lo fuera así porque estaba muy nervioso tras una discusión familiar. Lo cierto es que la verdad nunca llegó a ser dicha y que nadie preguntó a la familia el motivo de que no hubieron hecho un funeral decente. El tiempo pasó y lo olvidaron. Siempre había novedades.

En la noche vieja empezaron los problemas.

Un morador de la localidad Cotia volvía a su casa después de haber cenado en casa de su novia. Ya era casi medianoche y él seguía caminando sólo por la estrada iluminada por el claro de la luna. Al llegar en la curva de la cruz vio un hombre colgado del árbol, quedó paralizado en el medio de la estrada. Entonces, ocurrió lo más asombroso: del cuerpo que balanceaba en el aire se pusieron a caer los miembros, primero las piernas, enseguida los brazos. El hombre no quedó allí para ver lo que mas caería. Volvió corriendo por lo mismo camino que había venido, parando solo al llegar a la casa de su novia.

La noticia se extendió por los alrededores, y nadie mas pasaba en aquel sitio desde el anochecer hacia el amanecer. La viuda necesitaba vender el rancho para obtener dinero, pero, ¿quién lo compraría? Todos conocían la historia del "cuerpo del árbol" y nadie compraría un rancho mal-asombrado.

Dos años se pasaron y habían mucho más relatos sobre "El cuerpo". Hubo quién ha dicho que las piernas salieron corriendo detrás de si y los que casi fueron estrangulados cuándo los brazos cayeron en sus hombros. Aunque casi todos conocían "El cuerpo", siempre surgía un desavisado para caer en sus trucos.

Noche de luna llena. Un caballero solitario venía por la estrada iluminada, al llegar en la curva un ruido sordo, como se algo hubiera caído entre las hojas secas, llamó su atención. Paró su montura y estrechó los ojos hacia el árbol. En ese momento, se le cayó al cuerpo la pierna derecha, juntándose a la izquierda en el suelo. El desconocido caballero miró la cara del cadáver.

-Amigo, las cosas levan muy mal -dijo el caballero.

-Sí -repuso el muerto, mientras le caía el brazo izquierdo.

-¿Cómo te quedaste en ese lío? -preguntó el hombre.

-Suicidio.

El hombre soltó una carcajada que hizo su caballo agitarse.

-Amigo, hay muchos suicidas y ni por eso están en semejante lío. Hay algo más.

-No, no hay -dijo el muerto con resignación-. Sin las bendiciones, no hay descanso.

El desconocido bajó de su caballo y siguió hasta la cerca de alambre. Miró la car del muerto y de un tirón arrancó la cruz del suelo. Hizo que la madera crujiera bajo sus manos fuertes y la partió en dos, echando los pedazos a un canto, lejos del que estaba antes.

-Quizá fuera ese su problema -dijo el desconocido y se fue sin mirar atrás.

"El cuerpo" nunca más fue visto por nadie, aunque pocos se aventuraron por las noches en aquella estrada. Cinco años después la viuda consiguió vender el rancho a un forastero. Apenas él se estableció en la casa y sus vecinos vinieron a contarle lo del cuerpo cuyos miembros caían. El hombre rió de ellos.

-Los que me dan miedo son los vivos, no los muertos.

Esa misma noche, el nuevo dono del rancho fue hacia el árbol y, bajos capas de hojas secas encontró los pedazos de la cruz que destrozara años antes, en la primera vez que allí estuviera.

-Sí, amigo -masculló él-, como supuse, su problema era ese. La cruz lo prendía a sus pecados. Descansa en paz.

Publicado el 30/10/11 en Cristina Pereyra participando del Halloblogween 2011